Confesiones de Anita, la gordita

Sí, soy gordita. Sí, yo también me escondí detrás de mil filtros en Instagram. Yo también exigí no salir en los extremos de las fotos con amigas y borré cada etiqueta que no me favorecía. Yo también supe ser de esas que -a pesar de los 40 grados- se quedaba vestida debajo de la sombrilla porque no se quería nada.

Sí, soy gordita y de hecho siempre lo fui… o más bien, siempre me dijeron que lo era y supongo que yo también me convencí. Hoy miro fotos de aquella Anita de 12, 15, 17, 20 años y sinceramente no logro entender cómo mi peso me marcó tanto la vida. Para ese entonces sería lo que hoy es un talle M. Aun así conseguir ropa era toda una odisea. Entrar a los probadores era una pesadilla: a veces no alcanzaba ni a probarme una prenda porque bastaba con mirarla para saber que no iba a entrarme ni en una pierna. Hoy entiendo que el problema eran ellos y no yo. Creo que fue en un probador cuando decidí  ser diseñadora para hacer mi propia ropa.

Hice mil dietas, porque claro, nunca faltaba esa persona que te recordara que “te quedaban tan lindos unos kilos menos”. Me frustraba, me dolía y por supuesto que salir con mis amigas no era algo que me divirtiera en lo más mínimo. Me sentía observada y jamás faltaba una frase como “Che, presentame a tu amiga”. Me sentía el descarte o “la amiga simpática”. Sin embargo siempre tuve novios… aunque asimismo pasó por mi vida ese chico que ayudaba a que mi autoestima no existiese. Pero creo que a él le debo bastante. Es que durante años esa persona me insistía en que tenía que operarme, que tenía que hacer dietas… Caí en lo más bajo, hasta que un día me cansé. Por supuesto: me dijo que así nadie me iba a querer, pero supe que él estaba equivocado. Yo era una mujer con valores, con amigas que me adoraban. Empecé a verlas más y a disfrutar de la vida. Decidí ir al psicólogo y dejar de lado las dietas. No sé cómo, pero ese terapeuta hizo magia. No hablaba mucho, pero siempre me dejaba pensando. Me juré que nunca más me iban a querer mal. No solo parejas… ¡nadie!

Pero lo mejor fue decidir que la imagen que me devolvía el espejo iba a dejar de ser mi peor enemiga.

Durante años, trabajé en locales de ropa de diseñadoras nacionales. En ambos mis compañeras se reían porque cuando entraban clientas “como yo” (gorditas) iba directo a ayudarlas. Iban por descarte, convencidas que no iban a encontrar talle. Pero ahí estaba yo, decidida a que se fueran con su mejor sonrisa y se quisieran un poquito más. Yo podía entender sus traumas mejor que nadie y ellas se sentían cómodas con eso.
Hubo un episodio que me marcó por no poder ayudar y terminé encerrándome en el probador porque me era imposible contener las lágrimas. Entró una chica a comprarse algo y no encontró nada que le quedara. Sabía a la perfección cómo esa chica se iba a su casa: con las manos vacías y el corazón un poquito más roto, tal vez, castigándose por no haber podido entrar en los vestidos que se probó. Le quiero hablar a ella: el problema no eras tú… el problema había sido que ese día le vendí a una clienta mucho más “grande” que vos y que yo todas las prendas más holgadas que me quedaban. Ella se fue feliz y a ti no pude ayudarte. Pero seguro que marcaste mi vida, aunque no pude hacer una diferencia en la tuya.

Hoy tengo 28 años y un peso bastante mayor al que jamás tuve. Tengo un novio que me quiere como soy… porque todas nos merecemos que nos quieran así. Sabé que todo empieza por vos. Querete y no permitas que nadie te menosprecie. Si querés hacé esa dieta, pero siempre con ayuda de un profesional y movida por el amor hacia vos misma. Sos mucho más que unos kilos… Que nadie te diga cómo o quién tenes que ser.

Soy lo que soy porque estos kilos también me enseñaron. Soy Anita, tengo 28 años… Soy gordita, pero ¿sabes qué? Amo cada kilo y cada parte de mi ser. Soy Anita y soy feliz porque así lo quiero y así me lo propuse.

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